Las huellas de sus pausados pasos se
regaban por los calurosos senderos del desierto, mientras que los
vientos despeinaban sus cabellos y los rayos del sol de medio día sobre sus
cienes les recordaban la sed; por otro lado, el escenario que los rodeaba era
de un suelo pedregoso y sin vida, que se tornaba por momentos en voluminoso y
fluctuante. No sabían a dónde iban, solo aparentaban que contaban como cierto
que llegarían a algún lugar.
Los únicos sonidos eran personificados
por los golpes de sus botas contra las piedras y por los zumbidos de
las arenas que atravesaban sus cuerpos. No hablaban, nadie hablaba y
tampoco deseaban hacerlo, pues existía la sensación de que habían
sido hipnotizados por la energía y la inerte fuerza del desierto, o
por quién sabe quién. Andaban constantes y se mostraban confiados sin la
noción exacta de por qué.
Así pues, pasaron horas y seguían
en ese armonioso estado automático de sus mentes y cuerpos. Caminaban, pero
esta vez ligeramente más rápido, como si tuviesen la sensación de que
estaban prontos a llegar. El sol continuó su descenso: el cielo se había
tornado púrpura y los vientos, más fríos. De repente, todos se detuvieron;
miraron a su alrededor, como si en ese instante hubiesen tomado en cuenta de
que estaban en medio del desierto y que ya era de noche. Uno de ellos habló y
preguntó a los demás si podían recordar cómo habían llegado ahí y cuántas horas
habían estado caminando. Al parecer nadie podía responder esa pregunta.
Se miraban entre ellos; sus caras
les eran familiares, pero no del todo conocidas. A pesar de este extraño
acontecimiento nadie parecía demasiado alarmado; como si hubieran llegado a un
mutuo acuerdo de permanecer en calma.
Iluminados por la naciente luna,
sus cuerpos cansados se recostaron sobre la rugosidad del suelo y no mucho
después todos se hundieron en el más profundo sueño. Uno de ellos despertó,
pero no vio a ninguno de sus desconocidos acompañantes; cuando dejó
de prestarle atención a su soledad, advirtió que no se encontraba en el
desierto. Pensó que era un sueño, pero sus intentos fallidos de despertar le
confirmaron lo contrario; no podía creer lo que presenciaba: ondas de colores
inimaginables lo rodeaban, figuras como sustraídas de un cuadro abstracto,
melodías incompresibles pero apaciguantes. Eso era una ínfima síntesis de lo
que estimulaba su asombro.
Durante su observación a tal
espectáculo divisó a lo lejos unas sombras destellantes que se aparecieron y le
produjeron una sensación cálida. Luego de intentar dilucidar qué
eran, concluyó que se trataba de aquellas personas con las que se había
recostado en las llanuras y descubrió que él tampoco poseía cuerpo.
Empezó a notar que podía, aun que
le costase comprender cómo, comunicarse con los demás. Al parecer todos, al
igual que él, presenciaban y sentían el mismo asombro. Nadie daba indicios de
querer volver; parecían envueltos por una enorme paz.
De pronto, en esa colorida e ilustrada
oscuridad se abrió un agujero que emanaba la más blanca y pura luz. Aquella se
volvió un imán y empezó a arrastrar todo para sí, incluyéndolos a ellos. Este
viaje dentro del agujero se mostró como un túnel de eternidad, en dónde parecía
que el tiempo había dejado de penetrar sus mentes.
Nuevamente se divisó algo; es decir,
aquella infinitud parecía haber sido solo una percepción de aquellos
deambulantes. Era un punto negro, que progresivamente aumentó su tamaño hasta
haber absorbido el último centímetro visible de blancura y
luz.
Sumidos todos en esa total oscuridad,
empezaron a ser embriagados por los sentimientos que les nacían desde la sima de su ser.
Pánico, terror, soledad, fracaso, desasosiego, nerviosismo conformaban su
tormento. Luego, el susto aumentó cuando escucharon golpes que cada vez se
hacían más fuertes, más fuertes; como si encontraran el el pecho de un tigre
agitado por el intento de cazar su presa. Sin embargo, esa sensación no se
comparó a la que los inundó cuando se dieron cuenta que esos latidos eran
suyos; los de el corazón de cada uno. Estaban vivos y rodeados de una
profunda lobreguez lo cual los llevó a la más intensa desesperación
que los hizo bordear el abismo de la locura.
Ese tortuoso episodio se fue disipando
lentamente y cada uno de ellos iba retomando la calma y la cordura. Pero no
pasó mucho tiempo hasta que fueron estimulados nuevamente. Esta vez invadidos
por el efecto del claustro que les había producido tomar en cuenta que ahora
habían retornado a un cuerpo. Sin poder hacer más, quedaron todos privados en
medio de la negrura en la que se encontraban.
Uno a uno fueron estirando sus
extremidades y abriendo sus ojos. Se encontraron físicamente otra vez en el
desierto. Sin embargo, aquel desierto no era por el que habían caminado: su
cielo eran como el universo mismo, repletos de estrellas; sus tierras, a pesar
de la oscuridad, ahora parecían brillar y su
particular silencio ahora eran voces que susurraban hermosamente.
Se miraron nuevamente y sin decir una
sola palabra, iniciaron el paso de regreso, a quién sabe dónde, con quién sabe
quién. Luego de haber recorrido un largo tramo, se detuvieron frente a un
árbol y, seducidos por el hambre, tomaron los frutos que yacían sobre el suelo
y se los comieron hasta que cayeron rendidos.
Luego, una vez más despertaron todos:
algunos, por el mugido de una vaca en medio del campo; otros, por
las bocinas de un auto atorado en el tráfico; por las canciones de
las aves en medio de la selva; o por el irritante sonido de un reloj
despertador.
