lunes, 10 de diciembre de 2012

Las puertas del desierto



Las huellas de sus pausados pasos se regaban por los calurosos senderos del desierto, mientras que los vientos despeinaban sus cabellos y los rayos del sol de medio día sobre sus cienes les recordaban la sed; por otro lado, el escenario que los rodeaba era de un suelo pedregoso y sin vida, que se tornaba por momentos en voluminoso y fluctuante. No sabían a dónde iban, solo aparentaban que contaban como cierto que llegarían a algún lugar.

 Los únicos sonidos eran personificados por los golpes de sus botas contra las piedras y por los zumbidos de las arenas que atravesaban sus cuerpos. No hablaban, nadie hablaba y tampoco deseaban hacerlo, pues existía la sensación de que habían sido hipnotizados por la energía y la inerte fuerza del desierto, o por quién sabe quién. Andaban constantes y se mostraban confiados sin la noción exacta de por qué.

 Así pues, pasaron horas y seguían en ese armonioso estado automático de sus mentes y cuerpos. Caminaban, pero esta vez ligeramente más rápido, como si tuviesen la sensación de que estaban prontos a llegar. El sol continuó su descenso: el cielo se había tornado púrpura y los vientos, más fríos. De repente, todos se detuvieron; miraron a su alrededor, como si en ese instante hubiesen tomado en cuenta de que estaban en medio del desierto y que ya era de noche. Uno de ellos habló y preguntó a los demás si podían recordar cómo habían llegado ahí y cuántas horas habían estado caminando. Al parecer nadie podía responder esa pregunta.

 Se miraban entre ellos; sus caras les eran familiares, pero no del todo conocidas. A pesar de este extraño acontecimiento nadie parecía demasiado alarmado; como si hubieran llegado a un mutuo acuerdo de permanecer en calma.

 Iluminados por la naciente luna, sus cuerpos cansados se recostaron sobre la rugosidad del suelo y no mucho después todos se hundieron en el más profundo sueño. Uno de ellos despertó, pero no vio a ninguno de sus desconocidos acompañantes; cuando dejó de prestarle atención a su soledad, advirtió que no se encontraba en el desierto. Pensó que era un sueño, pero sus intentos fallidos de despertar le confirmaron lo contrario; no podía creer lo que presenciaba: ondas de colores inimaginables lo rodeaban, figuras como sustraídas de un cuadro abstracto, melodías incompresibles pero apaciguantes. Eso era una ínfima síntesis de lo que estimulaba su asombro.

 Durante su observación a tal espectáculo divisó a lo lejos unas sombras destellantes que se aparecieron y le produjeron una sensación cálida. Luego de intentar dilucidar qué eran, concluyó que se trataba de aquellas personas con las que se había recostado en las llanuras y descubrió que él tampoco poseía cuerpo.

 Empezó a notar que podía, aun que le costase comprender cómo, comunicarse con los demás. Al parecer todos, al igual que él, presenciaban y sentían el mismo asombro. Nadie daba indicios de querer volver; parecían envueltos por una enorme paz.

De pronto, en esa colorida e ilustrada oscuridad se abrió un agujero que emanaba la más blanca y pura luz. Aquella se volvió un imán y empezó a arrastrar todo para sí, incluyéndolos a ellos. Este viaje dentro del agujero se mostró como un túnel de eternidad, en dónde parecía que el tiempo había dejado de penetrar sus mentes.

Nuevamente se divisó algo; es decir, aquella infinitud parecía haber sido solo una percepción de aquellos deambulantes. Era un punto negro, que progresivamente aumentó su tamaño hasta haber absorbido el último centímetro visible de blancura y luz.

Sumidos todos en esa total oscuridad, empezaron a ser embriagados por los sentimientos que les  nacían desde la sima de su ser. Pánico, terror, soledad, fracaso, desasosiego, nerviosismo conformaban su tormento. Luego, el susto aumentó cuando escucharon golpes que cada vez se hacían más fuertes, más fuertes; como si encontraran el el pecho de un tigre agitado por el intento de cazar su presa. Sin embargo, esa sensación no se comparó a la que los inundó cuando se dieron cuenta que esos latidos eran suyos; los de el corazón de cada uno. Estaban vivos y  rodeados de una profunda lobreguez  lo cual los llevó a la más intensa desesperación que los hizo bordear el abismo de la locura.

Ese tortuoso episodio se fue disipando lentamente y cada uno de ellos iba retomando la calma y la cordura. Pero no pasó mucho tiempo hasta que fueron estimulados nuevamente. Esta vez invadidos por el efecto del claustro que les había  producido tomar en cuenta que ahora habían retornado a un cuerpo. Sin poder hacer más, quedaron todos privados en medio de la negrura en la que se encontraban. 
Uno a uno fueron estirando sus extremidades y abriendo sus ojos. Se encontraron físicamente otra vez en el desierto. Sin embargo, aquel desierto no era por el que habían caminado: su cielo eran como el universo mismo, repletos de estrellas; sus tierras, a pesar de la oscuridad, ahora parecían brillar y su particular silencio ahora eran voces que susurraban hermosamente.
Se miraron nuevamente y sin decir una sola palabra, iniciaron el paso de regreso, a quién sabe dónde, con quién sabe quién. Luego de haber recorrido un largo tramo, se detuvieron frente a un árbol y, seducidos por el hambre, tomaron los frutos que yacían sobre el suelo y se los comieron hasta que cayeron rendidos.
Luego, una vez más despertaron todos: algunos, por el mugido de una vaca en medio del campo; otros, por las bocinas de un auto atorado en el tráfico; por las canciones de las aves en medio de la selva; o por el irritante sonido de un reloj despertador.